1Imagino que la sensación de ser madre es cosa parecida a esto, aunque estoy segura que se siente mucho más cuando crecen y salen de tu vientre. Aún no tengo esa dicha, pero me siento tan llena de amor cuando una personita pequeñita que hoy cumple sus primeros cinco añitos llega a mi lado y me abraza con su ternura, ingenua y cálida, y me dice sin más allá ni más acá, sin tapujos: “¡Tía, yo te quiero!”

No sé, se me estremece el alma, y no puedo resistir sonreír como una niña tonta, o mejor, como una tía orgullosa de sentir amor verdadero en la frase inocente. Y entonces lo envuelvo con mis brazos, tanto que como es él, resabioso para sus escasos años, y ocurrente hasta la médula, refunfuña porque le estoy apretando.

Es fenomenal esa alegría que provoca verlo reír, la complacencia al enseñarle a pronunciar bien una palabra (aunque a veces me deja sin ellas cuando se expresa como todo un adulto y reflexiona sobre esto o aquello con una locuacidad envidiable), al enseñarle a acordonar sus zapatos, cuando pasamos las pocas horas que compartimos hablando sobre las nuevas cosas aprendidas en el Círculo Infantil.

Y qué decir de los sueños que construimos juntos cuando tengo que vencer al cansancio de un día laboral para narrarle una y otra vez el mismo cuento, y dormirnos en la cama de Mima; del regreso a la infancia cuando cantamos las canciones infantiles y guardo su voz con la grabadora del trabajo y luego me dice que ese niño no es él; de las miles de anécdotas de cuando juega con Manuel, David, y otros tantos amiguitos, y con el primo Alejandro.

Es como inexplicable el ansia de querer ayudarle a crecer, a portarse mejor, porque es un poquitín, sólo un poquitín, intranquilo, denominador común de todos a su edad. Por eso a veces se me escapa algún regaño, y un enfado por algunas actitudes, que luego él mismo resarce, disipa, con un abrazo, un beso suave, y un “tía, yo lo sé, oíste, te quiero”, con esa voz grave que tiene y esa manera única de conquistar.

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Dicen que es muy parecido a mí, en todo, y eso me eleva el ego; pero lo quiero sin razón, o por la enorme y profunda razón de que es parte de mí, sangre de mi sangre. ¡Que maravilloso es quererle tanto!

Primero fue Danelis, que ya casi cumple los 18 años, y sigue dándome dolores de cabeza por el sinnúmero de situaciones obvias que se le presentan a una muchacha linda, en edad de enamorar, y que continúa provocándome la necesidad de querer protegerla de todo y todos. Ahora es él, Denis Diosveni, que hoy cumple cinco años y aunque distante a unos 70 u 80 kilómetros permanece junto a mí, a nosotros, a su casa y familia de Manzanillo como él mismo dice.

De ambos guardo los más gratos recuerdos y les profeso este cariño sincero, y les siento como duendes que me enternecen el alma imaginando las veces que sostuvieron y sostienen mis dedos, mi corazón, con sus manecitas frágiles, que me levantan el ánimo y me hacen divertirme junto a ellos.

Y aunque hoy siento nostalgia por no verlo juguetear a mi alrededor y disfrutar de su kake con sus amiguitos, estoy feliz. Feliz porque le sé alegre, palpitando y creciendo, haciéndose un hombre; porque tiene miles de oportunidades y razones para serlo, para corretear gozoso por los parques y la pista de patinaje cercana a su casa y lanzarse por la canal, y hasta ponerse serio y llorar con un rasguño por no obedecer.

Porque le sé seguro en una institución educativa de la Cuba nuestra donde las seños y maestras le preparan para la vida, le enseñan a dar los primeros pasos en el mundo del saber, y gracias a quienes conoce que hay que “tener cuidado en la vía”, y conoce a Camilo, Che, Maceo, Fidel, y a José Martí, para quien lleva una flor en las mañanas porque “él quería mucho a los niños”. Porque le sé con miles de atenciones y profesionales médicos a su disposición si sintiera cualquier dolor o malestar, y de forma permanente para comprobar su desarrollo saludable.

Denis 4 años

Porque le sé capaz de dibujar el mundo con los colores y la energía que emana de su interior, de su inteligencia, de una inocencia que ya nutre con los conocimientos de la escuela y que le hacen pensar en el uniforme azul (del preuniversitario) cuando apenas comenzó en este septiembre a usar el uniforme rojo y blanco, diciendo que le faltaba la pañoleta azul.

Espero que muchísimas más sean las emociones que pueda disfrutar por su causa, por ambos, que incontables sean los momentos para festejar sus éxitos y júbilo, para celebrar cerca o lejos sus cumpleaños.

Y aunque de mi interior germine algún día también esa semilla que se transforme en flor, que provoque nuevas e indescriptibles sensaciones, tengo la certeza que ese: ¡Tía, yo te quiero!, seguirá siendo una convocatoria a la ternura, el cariño, al amor eterno y sincero.

Por Denia Fleitas Rosales

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