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La Isla descansaba. De súbito, una luz de estrella iluminó los rostros. La tierra mambisa despertó redimida. El poder de unos jóvenes barbudos y un pueblo rebelde provocó la fuga del tirano, temeroso de la estirpe redentora de Cuba.

Con la alborada llegó el triunfo. Y el dolor se aquietó, mientras besos, abrazos y gritos de alegría celebraron la victoria. Recintos, balcones y aceras se cubrieron de rosas. El primero de enero de 1959 rompió definitivamente la cadena.

En la capital cubana el enemigo orquestó un golpe. Una bruma de derrota se adhería a militares y norteamericanos prepotentes, que intentaron una vez más impedir la toma del poder por las guerrillas triunfantes y defensoras de los derechos comunes.

Entonces, una voz voló, retozó entre los penachos de las palmas, en las colinas de las lomas, en los oídos del cubano. Desde la Radio Rebelde, allá en Palma Soriano, el Comandante en Jefe ordena.

“Revolución sí, golpe militar no” fue la consigna, y llamó a la huelga, indicó el avance de las tropas revolucionarias hacia Santiago de Cuba y La Habana, exigió la rendición del contrario.

Ante el clamor de Héroe, la patria responde. El Ché libró la batalla tercera en Santa Clara; Camilo Cienfuegos tomó el cuartel de Yaguajay; Raúl Castro se presentó en el Cuartel Moncada, segunda fortaleza militar del país, donde los oficiales del régimen depusieron las armas. Mientras, Fidel Castro Ruz, cual retoño martiano entró al Santiago oriental en horas nocturnas.

Aquellos que llegaron “con triunfo de fusil y arado, con las armas que al ciego enemigo quitó el ideal”, se notificaron vencedores de toda opresión, protagonistas de una libertad de sueños y de porvenir.

Desde el balcón del ayuntamiento, frente al Parque Céspedes, los santiagueros esperaron al titán de la hazaña, quien proyectó su palabra enérgica para proclamar el triunfo de la Revolución y la conquista definitiva de la independencia de Cuba.

La Patria vibró de emoción. Y la noche se hizo día eterno, que tornó en gloria cada gota de sangre derramada, cual abono que fertilizó el éxito de la guerra iniciada aquel 10 de octubre de 1868, porque a todos sólo importó el ansia de cambiar la suerte, de hacer ondear victoriosa a la bandera de la estrella solitaria.

Por Denia Fleitas Rosales

 

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