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Amar es cuestión de vida. Es la mejor manera de enfrentar el mundo con la sonrisa que provoca ese sentimiento. Es la estrategia perfecta para comprender y construir algo superior en virtud de quienes están a nuestro alrededor, de nosotros mismos.

No importa que no sea Febrero, ni 14, siempre debe existir el modo de encontrar al amor, de cultivarlo en cada arista de nuestras vidas, de profesarlo y de llenarnos del poder que otorga, a veces como iluminado con los colores del arco iris y otras enrarecido por ciertos nubarrones que debemos despejar tras la lluvia, que limpia y purifica, para luego seguir dando riendas al amor.

Es esta virtud de amar, la que nos da capacidades especiales a los hombres y mujeres para encontrar el camino hacia lo perfecto, en consecuencia con aquel mito del amor que se describe en el diálogo platónico El banquete o El simposio; cuando en el festejo por el nacimiento de Afrodita es engendrado Eros, siempre en el cortejo de la diosa, y por cuya belleza inigualable, corresponde al amor ser amante de lo bello.

Eros, el amor, por nacer de Penía (Pobreza) es pobre, en apariencia no es delicado ni bello, es humilde. Mientras que de su padre Poros (Riqueza) heredó la tendencia a acechar lo bello, lo bueno, adquirió la valentía, astucia, perseverancia, su sed de sabiduría, su don de hechicero. Es quien busca la felicidad en la belleza corporal, si, pero especialmente en la belleza de las almas, la relativa a la moral, al espíritu; quien ama el conocimiento, lo bello en si que es el bien, lo imperecedero.

De seguro precisamos de aprende a amar. De apropiarnos de ese amor platónico, ese amor espiritual que nos trasciende y hace viable lo imposible, rectificable lo errado.

Amar para vencer el miedo, acabar las guerras, extender la paz, para sobrevivir, para ser libres, respetar la libertad y dignidad ajena. Amar para extender el amor y ser feliz.

Por Denia Fleitas Rosales

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