Escuché la noticia, confirmado un segundo caso de Zika importado en la Isla cubana. Manzanillo vuelve a ser parte de ella, pero no es tiempo de lamentaciones, ni de cuestionamientos, es hora de actuar conscientemente para evitar que el virus, que la amenaza relativamente nueva, cobre víctimas a la ciudad del Golfo y a la nación.

No niego que fue impactante. Eso que ayer parecía lejano, aunque se tenía la percepción del riesgo y la constante vigilia para dar seguimiento noticioso a cada accionar en el municipio para eliminar al agente transmisor, tocó definitivamente a la puerta y pasó sin siquiera pedir permiso.

De inmediato, el estado de inseguridad, de dudas, de temor, la tensión de la familia que escuchó atentamente cada palabra. Luego, el debate; y de súbito, el estado de conciencia, esa que si antes me hizo comentar la necesidad de hacer el autofocal, ahora me llamó a extremar las medidas, a no dejar una brecha a los mosquitos, no importa si es Aedes Aegypti o Albopictus, o el tipo que sea, porque siempre les he temido y me provocan un daño tremendo en la piel desde pequeña.

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Conciencia, si, mía, de mi familia. Pero ahora se precisa de la de todos, responsables de la salud general, y esos somos todos, niños, niñas, jóvenes, adultos, ancianos, hombres, mujeres, autoridades sanitarias, trabajadores de comunales, de cada sector y profesión, habitantes de cada barrio, exista un foco o no.

Dejar para mañana, para otros, lo que nos corresponde sería poner en peligro el bienestar propio y de quienes nos rodean. Es cierto que las circunstancias nos desfavorecen, las situaciones del acueducto con los salideros que forman charcos en las esquinas, la lluvia que todas las tarde noche nos visita, la acumulación de desechos porque cada vez en las casas se genera más basura y los medios técnicos de los que disponemos para su recogida son limitados; pero hay que hacer más, sin pensar en días, horas, sólo en que de ello depende la salud de todos.

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Ahora, quizás pensemos en comprar repelentes, en desempolvar los mosquiteros, pero también en cubrir los depósitos de agua potable donde puede alojarse la larva, lavar diariamente los bebederos de los animales, en revisar de forma minuciosa la casa, el patio, para que no quede ni un solo vericueto donde la hembra ponga sus huevos.

Y créanme que, aunque resulte risible, ya hasta pensé en la opción de criar unas ranas (pese a temerles como si fueran fieras), de dejar crecer las arañas que día a día construyen sus casas en los rincones, de adoptar otras salamancas como las que habitan hace meses en la cocina de casa, para que si de casualidad entrara uno, aegypti o no, desaparezca de inmediato.

No son tiempos de dormir en los laureles, a la labor de nuestros profesionales de la salud que permanecen atentos a cualquier visitante foráneo y a los colaboradores, a quienes en los aeropuertos comprueban si los pasajeros presentan altas temperaturas o cualquier sintomatología, a la vigilancia y constancia de los operarios de la Campaña de lucha Antivectorial que van casa a casa, a ese sistema de atención durante 21 días tomando las temperaturas de quienes habiten a 100 metros a la redonda donde se detecte un foco y constatar a tiempo cualquier manifestación, al tratamiento con fumigación durante tres días consecutivos para eliminar al mosquito en vuelo, a las audiencias sanitarias en las comunidades, al quehacer de quienes recogen los desechos y eliminan los microvertederos, debe superarla la capacidad nuestra como seres humanos de razonar los beneficios de no darle treguas al insecto.

La esperanza está en lo que seamos capaces de hacer, para que ni dengue, ni chicungunya, ni zika, ni nada nos robe la alegría de vivir.

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